15/11/14

Una bruja fea, feísima...

   

Érase una vez, hace mucho, mucho, mucho, mucho tiempo, existió una bruja fea, fea, fea, feísima. Era, sin duda, el ser más horripilante monstruoso y desagradable que nadie hubiese visto jamás.





Tenía una nariz larguísima, en forma de J, con una verruga en su punta llena de pelos negros, tan largos, que parecían una araña. Unas orejas grandes y peludas, que le impedían casi levantar los brazos; uñas largas y sucias, que no se había cortado en toda su vida (unos 326 años, 6 meses y 3 días para ser más exactos), y unos ojillos pequeños y negros, que asustaban a todo el mundo.

    Era tan fea, fea, feísima, que cuando salía a la calle, tooodos sus vecinos exclamaban asustados -¡Pero qué bruja taaaan fea!-. Si iba a comprar comida, el tendero le decía, -¡Arrg, qué fea eres!-; si iba al cine, a través del silencio podía escuchar los susurros de sus convecinos diciendo:

-¡Qué bruja más fea tenemos!-.

   Un día, nuestra bruja, que además de fea era mala decidió acabar con aquéllo, y no se le ocurrió otra cosa que conjurar una tormenta de nieve eterna que cayese incesante sobre su pueblo; todo el mundo, incluida ella misma, tendría que abrigarse, y ella podría calzarse la bufanda hasta esas ojeras verdosas y arrugadas que tenía, y ocultar su pelo encrespado bajo un gorro calentito de lana, sus manos con unos guantes y sus orejas con unas orejeras grandes y calentitas. Así, pasaría desapercibida y nadie, nunca más, jamás de los jamases, volvería a llamarla fea. y así, por un encantamiento feo, feo, la más fría de todas las tormentas que el mundo había conocido cayó implacable sobre su pueblo.



Hasta aquí, lo típico.  Pueblo con bruja sobre el que cae el peor de los encantamientos posibles: un frío intenso y eterno que impedía que nadie pudiera andar tranquilamente por sus calles.

Pasó, muucho, muuuucho tiempo... casi, casi un mes, hasta que dos hermanas que vivían por allí, y que tenían ganas de estrenar sus supervestidos de princesas, super rosas, super brillantes y super bonitos, se empezaron a enfadar un poco y decidieron ir a visitar a la bruja fea, feísima. A duras penas llegaron hasta la puerta de la bruja y llamaron. Ding dong, toc, toc, toc... ¿Hay alguien ahí?. Silencio. Ring-Rin. Más silencio. Y cuando las hermanas estaban a punto de irse...




-Grrrr -
- ¿quién llama?-
-¡ya voy!-
 -¡paciencia!-

Y se abrió la puerta.

-¡Gulp, pero qué fea eres!-  

Dijeron las dos hermanas a la vez, a la vez que se daban cuenta de que estaban metiendo un poquitín la pata... y es que la bruja en su casa no se abrigaba y se podía admirar en todo su esplendor su pavorosa fealdad.

La bruja abrió sus ojitos lo más que pudo y dijo 
-¡lo veis!-
- ¿Veis porqué he tenido que maldecir este pueblo con una tormenta eterna? -

Es que o tenéis remedio. No me gusta que me digáis fea. Yo no voy por ahí diciendo a la gente lo que no me gusta de ellos...

Las dos hermanas se miraron arrepentidas, y de repente, se les encendió una bombilla.  Se despidieron de la bruja y convocaron a tooodo el pueblo.  Los reunieron en la plaza y empezaron a hablar.

 "Hemos estado en casa de la bruja fea, feísima y tenemos que hacer algo para arreglar la situación. A nadie le gusta que constantemente le recuerden sus defectos. A ti, Cloris, ¿te gustaría que te dijésemos a todas horas que tus pies huelen al más maloliente queso gruyer del mundo?. Cloris abrió la boca y negó con la cabeza.



Y a ti, Arquimimo, (Arquimimo abrió la boca sorprendido, a la vez que se la tapaba para ocultar su boca desdentada), ¿te parecería bien que sólo hablásemos de tus dientes?

Pues a la bruja tampoco le gusta, y por muy fea que sea, y mala, que todo hay que decirlo... ha llegado la hora de que le pidamos perdón y vayamos a verla".

Ding dong, toc, toc, toc... 
-¿Hay alguien ahí?-. 

Silencio. Ring-Rin. Más silencio. Y cuando el pueblo al completo, encabezado por las dos hermanas estaba a punto de irse...

-Grrrr- 
-¿quién llama?-
-¡ya voy!-
- ¡paciencia!-

 Y se abrió la puerta.

El pueblo entero disimuló  un ¡Gulp! al verla (la bruja seguía sin estar tapada como cuando salía a la calle).  Y la bruja entera también disimuló un ¡Gulp! al ver al pueblo entero arremolinado en su puerta.

-¿Qué hacéis aquí?-
- ¿a qué habéis venido, a reíros de mi?-

Y las dos hermanas empezaron a hablar. Y le pidieron en nombre de todo el pueblo perdón a la bruja, que hacía gestos de asombro afeando más si cabe su rostro. Y le prometieron que nunca más la llamarían fea. Cuando callaron, la bruja se quedó un rato pensando... moviendo sus ojillos de un lado a otro, y pasado un ratito, que a todo el pueblo le pareció una eternidad, habló.

- Me da a mi, que lo que vosotros queréis es que deje de hacer este frío taaan horroroso de una vez... pero bueno, me habéis convencido. Yo también tengo ganas de de salir a la calle y lucir mis vestidos de verano, así que....-

Y empezó a mover sus manos conjurando a todos los elementos, mientras decía las famosas palabras mágicas: magia potajia, magia potajia, que vuelvan a sucederse las estaciones por arte de magia!!!

Y zas!!! 
Volvió el otoño... un otoño que a todos los habitantes del pueblo les supo a.... a otoño.

Y a partir de aquel momento, a nadie más se le ocurrió llamar fea, feísima a la bruja (aunque lo pensaban...). Y las estaciones se sucedieron, y...